Transgénicos sobre la mesa, otra vez

Patricia Majluf, Ph.D.

Directora del Centro para la Sostenibilidad Ambiental de la Universidad Peruana Cayetano Heredia

 

El Sr. Presidente Alan García, en las postrimerías de su mandato, ha decidido mantener una seria amenaza para el país, al observar la Ley que establece una moratoria de diez años al ingreso de transgénicos, u Organismos Vivos Modificados (OVM), a nuestro país. Esto es motivo de grave preocupación para todos quienes sabemos que los transgénicos son una amenaza para la excepcional diversidad biológica que nos enriquece.

 

El peruano es uno de los pocos territorios en las Américas donde el cultivo de transgénicos aún no es permitido. Ante el agresivo crecimiento mundial de este tipo de cultivos y a diferencia de lo que ocurre en todos los países vecinos, el Perú destaca como refugio de biodiversidad.


 

Los transgénicos y porqué causan preocupación

 

Es evidente que la tecnología transgénica puede producir beneficios. A través de ella se ha logrado desarrollar medicamentos estratégicos, cultivos con mayor resistencia a la sequía y al frío, más nutritivos, etc. El problema, sin embargo, es el poco control que se tiene una vez que los organismos son liberados al mundo externo. El material transgénico, una vez en el campo, será tarde o temprano transferido a otras especies vecinas a los cultivos, a través del polen llevado por el viento o por insectos, con consecuencias de todo tipo.

 

Dado que la mayor parte de las semillas transgénicas poseen resistencia a herbicidas, uno de los impactos mejor documentados es la rápida aparición de malezas también resistentes, por transferencia genética y por adaptación. Exterminar estas malezas resistentes requiere cada vez más tóxicos, con aumento de costos para los productores y riesgos para la salud de los consumidores. Así, los beneficios iniciales de los transgénicos son anulados.

 

Otro impacto indeseable, peligrosísimo, es la contaminación transgénica de cultivos orgánicos, que conduce a perder la certificación orgánica. Para el Perú, donde la agricultura orgánica y de productos nativos exportables es una oportunidad comercial para la cual tenemos extraordinarias ventajas comparativas, la contaminación inevitable que ocurriría si se permite el cultivo de transgénicos es una amenaza mortal.

 

¿Necesitamos transgénicos?

 

Se dice que esta tecnología es estratégica para la seguridad alimentaria mundial, por su mayor productividad. Sin embargo, de los 148 millones de hectáreas cultivadas con OVM en el mundo, el 81% es destinada a forraje para animales (50% soya y 31% maíz duro); sólo una fracción es destinada directamente a la alimentación de poblaciones humanas. Además, el cultivo de soya transgénica a gran escala está generando impactos gravísimos a hábitats críticos por su biodiversidad. Sólo en el Brasil, desde 1995, la expansión de los campos de soya transgénica deforestan anualmente un promedio de 320,000 hectáreas de la Amazonía. Procesos similares de deforestación se vienen dando en Bolivia, Uruguay y Paraguay, por el mismo motivo.

 

 

Los cultivos transgénicos dominantes son más apropiados para grandes extensiones de terreno y no para la pequeña agricultura prevalente en el Perú. Aquí la agricultura a gran escala sólo es posible en la costa, donde el agua es un severo limitante, o implicaría deforestar nuestra Amazonía. En los Andes, es mucho más apropiada la agroecología, que no sólo potencia la tradición precolombina de aprovechar la diversidad de pisos ecológicos, sino que aumenta significativamente la productividad de la tierra, contribuye a mejorar la nutrición, a reducir la pobreza y ofrece elementos de adaptación al cambio climático.

 

La moratoria y su observación por el Ejecutivo

 

La justificación del Poder Ejecutivo para observar la Ley de Moratoria que impedía por diez años el ingreso al país de transgénicos, está llena de inexactitudes y genera temores infundados.

 

El gobierno argumenta que la moratoria podría afectar el comercio con nuestros vecinos del Mercosur, de quienes importamos maíz y soya transgénicos para la producción de alimentos básicos como pollos, lácteos y aceites.  También aduce que obstaculizaría la investigación en biotecnología y que impediría la importación de medicamentos obtenidos a través de ella, poniendo en riesgo a los pacientes que requieren de estos medicamentos. Nada más inexacto.

 

La moratoria sólo impedía el ingreso de transgénicos con fines de cultivo o crianza, permitiéndose el ingreso a aquellos destinados para la investigación o para la producción de fármacos para los que no existen alternativas no-transgénicas. Por eso, el comercio de transgénicos sin fines reproductivos no se vería afectado, la investigación en recintos controlados podría darse y los fármacos obtenidos con biotecnología podrían seguir siendo importados.

 

Dice la observación que bastarán cinco años para establecer los mecanismos necesarios para minimizar la introducción de genes nuevos a especies nativas y para controlar los riesgos de la introducción del cultivo de transgénicos en el territorio nacional. Pero se promete lo imposible. Dadas nuestras nefastas experiencias con la capacidad del Estado para controlar, supervisar y vigilar las industrias extractivas, cuyos impactos son mucho más visibles y predecibles que la contaminación a nivel genético, ni en cinco ni en diez años podremos controlar efectivamente los impactos de la introducción del cultivo de transgénicos sobre nuestra excepcional riqueza natural y agraria.

 

Los productos transgénicos están desde hace años en nuestro país, comercializados sin identificación alguna que informe a los consumidores. La moratoria en ninguna forma afectaba este negocio. La observación del Ejecutivo denota un claro interés en un modelo que sólo beneficiará a los comercializadores de semillas, a los productores de pollos y –desde luego– al puñado de empresas multinacionales que producen semillas transgénicas.

 

Estamos promoviendo nuestra comida como patrimonio inmaterial de la humanidad  pero, ¿cómo podremos lograrlo si no defendemos la diversidad de hábitats, productos, culturas, personas y prácticas agrícolas que la hacen grande?

 

La valoración y promoción de esta diversidad permite pensar en nuevos modelos de desarrollo, más inclusivos y basados en mucho más que la extracción de nuestros recursos naturales en bruto o la mera producción de alimento para animales. Esperemos que el nuevo gobierno asuma la responsabilidad que el gobierno saliente ha abandonado y, rápidamente, apruebe no sólo una moratoria prolongada, sino que tome las medidas necesarias para evitar por siempre los riesgos que los cultivos transgénicos conllevan para nuestra diversidad agrícola, biológica y cultural.